lunes, 19 de abril de 2010

AMOR Y RENUNCIA

AMOR Y RENUNCIA

            Quisiera unirme a ti
como la Luna a la Tierra,
como espina a la rosa,
como hiedra a la piedra.

            Me eres tan imprescindible
como la luz a la sombra,
como la lluvia apacible
a la tierra sedienta.

Mas, si mi amor no apreciaras,
no sufras porque me hieras;
te amaría aunque no me amaras
y el tuyo a otro ofrecieras.

            Tan sólo te pediría,
como remoto consuelo,
que tu alma a la mía sonría
si se encuentran en el Cielo.




BELLEZA SIN FRAGANCIA

            No hay rosas sin espinas
ni habrá luces sin sombras.
Siempre risas y lágrimas
en entierros y las bodas;
mas, la rosa que imaginas
jamás me ofreció su aroma.
Sólo me dio sus espinas.
















DEL RECELO Y LA SOLEDAD

Nacieron casi al mismo tiempo
siendo flores de un mismo rosal,
crecieron en tallos diferentes
y, al despliegue, se llegaron a juntar.

Sus pétalos, con la suave brisa,
con frecuencia se venían a tocar;
sintiéndose la rosa más endeble
protegida, amparada y en paz;
pero descubrió en  la otra sus espinas
un día de incipiente vendaval.

Desde entonces, surgió una desazón;
vio en sus púas incierta maldad
y, temiendo que la hiciesen daño
deseaba quedarse en soledad.

Pronto una mano enamorada,
en cómplice noche, vino a cortar
una hermosa rosa para su amada.
¡Justo aquella que la hacía recelar!

El siguiente día se hizo interminable;
no sintió temor ni paz ni solaz
y añoró, doliéndose de su ausencia:
¡Quién sus espinas pudiera notar!
















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