lunes, 19 de abril de 2010

SÍ AL COMPARTIR

        SÍ AL COMPARTIR

            Enardecido ante los encantos
de una noche fría, despejada y clara,
en mi soledad cesaron los llantos
para que ni una lágrima empañara
la nitidez de luces infinitas
que, cuajando la bóveda celeste,
semejaban a ánimas benditas
liberadas de un mundo agreste.

            Sobre piedra de un cabo sin faro
mi débil humanidad reposaba
y, en total soledad, solo hube amparo
en la claridad que el cielo otorgaba.

            Tal vez, en una irrealidad sumido
quise ambicionar lo inadmisible.
Mi ego, inconforme y presumido,
buscaba alcanzar un imposible
que fuese pertenencia exclusiva
de mi existencia, más muerta que viva.

            Busqué entre estrellas la más lejana,
tan recóndita que sólo fuese mía,
pero me dijo, entre triste y ufana:
“Yo, antes que tú nacieras, ya no existía”
Contesté con rencor insatisfecho:
¡Bah! De ti nunca obtendría provecho.

            Rebuscando en distancia más corta
escudriñé entre constelaciones
pero ellas no cubrían mis ambiciones.
Mi orgullosa altivez no soporta
compartir fuente fácil de escritores,
falsos adivinos o embaucadores.

            Miré indiferente a la más brillante,
pero no era estrella con luz propia.
Era el planeta menos distante.
¡Sería como caer en la inopia!

            Únicamente me quedaba la luna:
menguante, nueva, creciente o llena.
Varias formas, mucha luz o ninguna.
La pretendí y me respondió con pena
que sólo era como un espejo




y, toda su luz, un frío reflejo.

Tras ciento de minutos pasados,
sentí zozobra y mis huesos calados;
mas, se acrecentaron vivos colores
allá en el horizonte, y noté calor.
Era la hora de mágicos albores.
¡Brotaba del agua el majestuoso sol!

            Cuando emergió del todo, no me atrevía
a mirar y fijar en él la vista;
pero  voz en grito le pedía,
más que en ruego, como el que conquista
y con la altanería de un egoísta,
que su inmensa luz fuese sólo mía.
Mi tono conminador le exigía
el monopolio del calor que exhalaba
y toda la vida que el astro daba.

            ¡Insensato!, exclamó con firme decisión,
aunque tu injusticia atender quisiera
ni aún siendo el “astro rey” pudiera,
pues Dios me impuso la obligación
de compartir mi calor por doquiera.
¡Compartir! Si guardas lo recibido,
como el avaro custodia su oro,
por haber la ley de Dios incumplido
no hallarás disfrute sin deploro.

                        Cuando del monte bajé
            y un saludo crucé,
            entonces comprendí:
            Antes, nunca lo miré.
            ¡Ahora, si lo vi!                 

  Julio Ramón







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